Nada
Las personas van y vienen, muchas pasan indiferentes apresuradas por el
pasillo. Apenas logro ver siluetas blancas yendo a todo a toda prisa entre el
estrecho marco de la puerta abierta. Recuerdo que mi corazón late, sólo por el
constante pitido que se escucha como desde lejos. Mi respiración tiene ruido
de máquina, porque el aire se me escapa ya de los pulmones, el cuenta gotas
del suero marca el tiempo en otro ritmo, uno a uno, gota a gota. Así se me
escurrió la vida, a gotas y no me di cuenta.
Siento que la cama flota y mi mente divaga entre recuerdos difusos de un
sueño remoto. Vienen a mi mente rostros; nombres que hace años no
pronuncio; ojos que hace años ya no observo, palabras que hace años ya no
escucho. Me veo ahí al borde del todo, y siento miedo. No te pasará nada, dice
en eco mi memoria, y un olor húmedo me llega desde el recuerdo. Me veo de
niño sudando a mares por el calor de caribe el día en que mis padres llevaron a
un cenote. Era la primera vez que veía aquellos pozos de agua profunda, y
cuando desde lo alto me asomé a su interior me aterró su obscuridad. Parecían
grandes fauces listas para devorarme, arrastrándome a un fondo incierto y frío.
Ahí estaba yo, al borde del precipicio, contemplando trémulo aquel estanque
de negrura que también parecía mirarme. Sentí terror de imaginar la
vertiginosa caída que me esperaba. Pensé que no podría salir a la superficie,
que toda esa fría negrura me arrastraría sin remedio a un abismo sin fin.
“¡Vamos, sin miedo!” Dijo mi padre. “No te va a pasar nada.” Agregó. Quise
aferrarme a sus palabras, llevármelas conmigo antes de arrojarme, pero el
miedo es un sentimiento pegajoso que no se ahuyenta con facilidad. Te satura
las sienes y te ahueca el estómago. “No me pasará nada”, “nada” resonó la
palabra en mi mente y con ella me llené el estómago. Cerré los ojos con fuerza
y me entregué a esa nada. Sentí mi cuerpo precipitarse violentamente hacia
ella y cada músculo se contrajo, tenso por la velocidad de la caída, y mi mente
se llenó de horrores al sentirse devorado. De pronto el tiempo se detuvo y los
ruidos y las voces se apagaron, el agua recibió mi cuerpo con delicadeza y mi
cuerpo recibió su frío con alivio. Mi mundo se volvió abismo y silencio. El
tiempo dejó de existir, entregué mi cuerpo a esas aguas y mi mente a esa nada…
y sonreí.


